jueves, 30 de junio de 2011

Diario de una novata en el Albaicín. Día II. Granada amanece oscuro para una programación repleta de luz


Después de unas horas de sueño (yo diría que un tanto escasas) mi segundo día en Granada amaneció con un cielo nada amigable. Mi falta de previsión me llevó a no revisar el parte meteorológico y tanto mi vestuario, como mi calzado, no iban acordes para la hecatombe pluvial que se avecinaba.

Tras equiparme con lo necesario para moverme por la ciudad sin parecer la protagonista de un film de Bollywood en el esperado numerito bajo el agua, a las cinco me volví a sumergir en una apacible sesión de cine nipón, esta vez, a diferencia de la noche anterior, proyectada fuera de la sección oficial. Su título: The Lighting Tree.

Me resultó curioso, a la vez que algo predecible, comprobar el perfil del público que se acercó al Teatro Isabel la Católica aquella tarde. O bien el poder de convocatoria de sus protagonistas (los ídolos adolescentes Masaki Okada y Yu Aoi) empezaba a traspasar la popularidad más allá de sus fronteras o la sinopsis se antojaba de lo más apetecibles para el grupo de jovencísimas féminas que se atrincheraron al final de la sala. Independientemente a este tipo de análisis personal que me entretuve a hacer mientras esperaba la proyección del film, lo importante es comentar que el director Ryuichi Hiroki (Vibrator, I am an S+M writer…) nos ofrece en The Lighting Tree una cinta ligera, de corte romántico, ambientada en la era de los samuráis, donde el diálogo apenas hace referencia a alusiones de tipo político o histórico, ni tampoco resuenan por doquier los chasquidos de katanas. La trama central del film gira en torno a la relación de amor entre sus dos personajes y su lucha por estar juntos.
En sí, su sinopsis podría ser resumida de la siguiente forma: Rai es una joven de espíritu libre que vive en el bosque junto a su padre en condiciones casi salvajes. Un día, el destino la lleva a conocer a Lord Narimichi y ambos terminan enamorándose, sin embargo la diferencia de clases y la responsabilidad del joven a aceptar su condición de noble les impide cumplir el sueño de profesar su amor libremente.

La película plantea la eterna pregunta de si realmente existe un destino inflexible y predeterminado para cada uno de nosotros o si por el contrario, como dueños del mismo somos capaces de modelarlo y enfrentarnos a sus designios. Enmarcado en un paraje forestal de una belleza natural fascinante, la figura del árbol al que hace alusión el título se erige como punto de inflexión y encuentro para los acontecimientos más trascendentales de la vida de los protagonistas: renacimiento, segundas oportunidades, el primer amor, el dolor de la despedida, la espera y evocación de los recuerdos…De todos y cada uno de estos sentimientos el ‘árbol del rayo’ se convierte en ese testigo mudo cuya presencia e importancia es equiparable a la de los propios personajes principales.

Desde el plano interpretativo cabe destacar la actuación de su joven protagonista, Yu Aoi (conocida por su papel en Hula Girls) donde, alejándose del acostumbrado rol femenino de las mujeres japonesas de la época, nos ofrece un personaje que derrocha estoicismo, fuerza e inconformismo por querer hacer las cosas siguiendo los preceptos del deseo individual más que el impuesto por el uso y las costumbres. Sin duda, en mi opinión, lo mejor del film recae en esa interesantísima visión con que The Lighting Tree trata estos conceptos y los invierte: no siempre la historia de la damisela en apuros rescatada por el príncipe azul a lomos de un corcel blanco ha de ser contada de la misma forma.

Pero la cita con el cine asiático para este mi segundo día del festival no quedaba aquí. Esa misma noche se estrenaba en sección oficial The light Thief, del cineasta kirguís Aktan Arym Kubat. Siempre resulta recomendable y muy interesante acercarnos a la filmografía de los países del Asia Central por su escasez y rareza en los circuitos de cine internacional, de ahí que la película aquella noche atrajera a un considerable número de espectadores al teatro. Además, como guinda excepcional del evento, el propio director (y actor principal del film) fue el encargado de presentarla y deleitarnos con su presencia en el coloquio posterior.

La película retrata la historia de un humilde, ingenuo y soñador electricista, padre de cuatro hijas en un pequeño pueblo de Kirguistán. A través del personaje y su relación con el resto de habitantes del lugar, el espectador presencia los problemas, ajustes y desequilibrios que se vivieron en el país tras la caída del bloque soviético. La película goza de momentos francamente enternecedores y resulta un escaparate ideal para conocer los modos de vivir y pensar de un pueblo apenas conocido en occidente a través de sus films. Si de algo peca The light Thief es de no terminar de ahondar en los problemas y tramas que plantea. El espectador ha de suponer la manera en que se resuelven los conflictos, ya que no se muestran ante la cámara. Al terminar se te queda un saborcillo amargo en la boca debido a la rapidez con que se cierra el final de toda la historia.

Pese a todo, el film plantea y lanza un mensaje esperanzador sobre el futuro incierto del país: a mi entender, un discurso donde el uso y canalización de la electricidad tiene una lectura algo más alegórica y donde Aktan Arym Kubat ha querido incidir de manera especial para mostrarlo al resto del mundo.

Rocío Vázquez

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