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jueves, 22 de diciembre de 2011

The Yellow Sea: Estreno en España el 5 de Enero de 2012

Cuando se estrenó The Chaser (2008), la ópera prima de Na Hong-jin, pareció algo más que otro de los buenos thrillers a los que nos tiene acostumbrados la cinematografía surcoreana (quizás sea en este género donde Corea de Sur ha tenido más influencia en el panorama fílmico internacional [1], si bien su idiosincrasia parece difícilmente imitable de manera íntegra en otros contextos culturales y de producción). Más allá de su firme pulso narrativo y brillantez técnica, destacaba por una apuesta estética arriesgada, como es la de no conceder refugio a la audiencia en una obra oscura y furiosa (retrato de un submundo espeluznante en pleno corazón urbano, o sea, civilizatorio), inestabilizando todo asidero moral y negándose a reconfortar en su cierre. Se habló entonces del gran talento de Na; y éste vino a confirmarse dos años después (la película nos llega, para no perder la costumbre, con retraso, pero celebremos que sea relativamente poco ¡y que venga en pantalla grande!). The Yellow Sea sigue en esta línea (roja), además de plantear un tema delicado y olvidado como es el de la precaria situación de los exiliados de Corea del Norte, tanto en la vecina del sur como en China, sus dos destinos habituales.

Durante las dos primeras partes de las cuatro en las que quiere dividirse esta película, se nos cuenta la terrible realidad de un norcoreano residente en China, Gu-nam (Ha Jung-woo), quien después de pedir dinero prestado a unos mafiosos para que su mujer pueda emigrar a Corea del Sur, se encuentra con que ésta no da señales de vida ni le envía el dinero necesario para pagar la deuda, mientras se ve amenazado por los usureros y a punto de perder su trabajo de taxista. Desesperado, acepta una oferta que solventará sus problemas económicos, además de permitirle viajar a Corea donde, tal vez, pueda reencontrar a su esposa; a cambio sólo tiene que hacer una cosa: matar a un hombre. Durante el viaje y la estancia en su media patria, conocerá la patética situación de otros inmigrantes del Norte, condenados a la pobreza, la marginalidad y la explotación. Hasta aquí, la atención de la obra está puesta en el drama humano, y el retrato de personajes y ambientes (sucios y descoloridos a través del tratamiento de la imagen) lleva la voz cantante de la narración. El film, sin embargo, se distingue a simple vista de otras producciones con similar planteamiento temático por medio del estilo. El director actúa, especialmente a través del montaje (elíptico y algo sincopado), sobre el tempo, dotándolo de un dinamismo que es ajeno al cine de raigambre social al uso. La continuidad de esta técnica permite que el film no se rompa cuando, a partir del intento de asesinato por parte de Gu-nam de su objetivo, dé un giro decisivo hacia el género. Un género que viene marcado, además de por el frenesí rítmico, por una violencia que transita de lo crudo a lo cómico conforme se torna hiperbólica. Esta hiperviolencia, que una vez estalla será irrefrenable, sin duda dará que hablar (y ahuyentará a muchos espectadores), como ya sucedió con la de I Saw the Devil (Encontré al Diablo) (2010) de Kim Ji-woon; pero lo lógico sería aceptarla como una figura de estilo de un cineasta, un género y una cinematografía que han convertido el sufrimiento de la carne (y su estilización) en un hecho diferencial.

La cosa tiene su lógica. La crueldad del film plantea un doble reto al espectador del que la película saca provecho en términos de discurso: por un lado cuantifica su aguante ante imágenes agresivas, no solo por su sadismo estremecedoramente explícito, sino también por su proximidad emocional (si bien ya he dicho que hacia el final se aplica cierta distancia irónica que suaviza su impacto), y con ello sigue expandiendo los límites de la representación visual del cine (más o menos) mainstream; y por otro, problematiza la identificación con los hechos y su protagonista, víctima y verdugo a un tiempo, hombre de bajos fondos capaz de sacrificarse pero también de matar (aunque sea a regañadientes) para sobrevivir. Hay que decir que esto, que ya ocurriera con The Chaser (si bien Joong-ho (Kim Yun-seok), el personaje principal de aquélla, exhibía una moralidad aún más cuestionable), no es patrimonio exclusivo de las cintas de Na Hong-jin, sino una característica habitual de los más perfectos ejemplos del thriller surcoreano contemporáneo, con la conocida Memories of Murder (Bong Joon-ho, 2003) a la cabeza. Como escribiera Roberto Cueto, desde Corea se ha recuperado “esa ambigüedad perdida para el género en un Occidente obsesionado por la corrección política, [poniendo] en un brete a los espectadores acostumbrados a ser manipulados en la dirección adecuada” [2].

The Yellow Sea, pues, es un desafío. Un film que si no inventa nada, sí que lleva al límite propuestas formales atrevidas. Y, salvo algún que otro desajuste de la trama, lo hace a través de un dominio absoluto de la expresividad del lenguaje (fílmico).

Lo mejor: Son dos películas en una pero no se nota.
Lo peor: Algún agujero negro del argumento.

Por nuestro colaborador Jordi Codó


[1] Spike Lee está trabajando en un remake de Oldboy (Park Chan-wook, 2003) (!)
[2] “Un nuevo cine para una nueva realidad (… o las películas coreanas que los coreanos quieren ver)”, en Elena, Alberto (ed.): Seul Express. La renovación del cine coreano (1997-2004). Madrid: T & B Editores, 2004, pg. 40

viernes, 16 de septiembre de 2011

Estreno del documental "Historias de Dhallywood"

Muchas veces tenemos la idea equivocada de que Bollywood es la única industria cinematográfica de la India. Si bien es cierto que la industria de Bollywood produce unas 250 películas anuales y es el principal productor nacional, existen más industrias de cine en la india, y no tienen nada que envidiar a Bollywood, es más, sus ideas originales y sus guiones más profundos suelen dar resultados mejores que los de la propia industria de Mumbay.

Por lo general el resto de Cine de la India se estructura por regiones. Por ejemplo, el segundo productor nacional es Tollywood, con unas 200 películas anuales, un cine procedente de la región de Andhra Pradesh, al sur de la india, y grabado en lengua Telugu. También al sur se encuentra la región de Tamil Nadu, otro de los centros de cine de la india con unas 130 producciones anuales, grabadas en su mayoría en la zona de Kodambakam, por eso recibe el nombre de Kollywood. El cine de Kollywood es el segundo en distribución dentro de la india y uno de los mas exportados al sur.

Hoy viernes se estrena el documental "Historias de Dhallywood" que hace referencia a otras de las industrias cinematográficas de la India, en este caso a la de Bangladesh. Bienvenido a Dhallywood, la industria del cine de Dhaka —capital de Bangladesh, uno de los países más denso del mundo (170 millones de habitantes)— que produce más de cien películas al año. Los bangladesíes acuden en masa al cine a reír, llorar, bailar y soñar. Esta es una historia coral sobre actores y cineastas en uno de los países más pobres del planeta, donde una población joven y pujante lucha por ver sus sueños hechos realidad.

Su director Javier Gómez Serrano, se refiere al significado que tiene el cine para el pueblo de Bangladesh: "En Bangladesh viven 170 millones de personas que cuentan muy poco para el resto de la humanidad, comparados a otros pueblos que por razones geopolíticas invaden nuestra consciencia y nuestros medios de comunicación desde hace años como los palestinos o cubanos. 170 millones que crecen rápidamente en un territorio cuya superficie es la mitad que el Reino Unido, y ocupan uno de los lugares más precarios del planeta: la desembocadura del Ganges.  Su cine hecho a imagen y semejanza del todopoderoso cine indio con los medios de otros tiempos, es como un grito de independencia, es una vía de escape de las largas horas de trabajo y del calor aplastante en el que viven. Su cine les une y les transporta; ocupa un lugar más importante que el nuestro en sus vidas".


El estreno será este viernes 16 de septiembre en el Pequeño Cine Estudio de Madrid, y en el Cine Alexandra de Barcelona y continuará en cartel durante toda la semana.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Estreno en cines: Arriety y el mundo de los diminutos

Mañana 16 de Septiembre llega a nuestras carteleras Arriety y el Mundo de los Diminutos, penúltimo trabajo en formato largometraje del Studio Ghibli, lo que supone un auténtico acontecimiento para los amantes del cine de animación en general y de las películas de este estudio en particular. El estreno de una película de este estudio es siempre un acontecimiento en sí mismo, y en este caso no es una excepción.

Arrietty y el Mundo de los Diminutos cuenta la historia de una familia de pequeños seres, de apenas 10 cm. de longitud, que viven en una casita oculta bajo las tablas del suelo de una mansión campestre. Estos diminutos seres tienen la norma de no dejarse ver nunca por los humanos; sin embargo, su tranquila existencia cambia cuando la joven Arrietty, una audaz adolescente, es vista accidentalmente por un niño que se acaba de establecer en la casa debido a su delicada salud. Entre ambos surgirá una fuerte amistad, pero a la vez la existencia de estos seres se verá peligrosamente amenazada.

Desde CineAsia hemos querido saber un poco más de todo lo que rodea a un estreno de estas características, y desde aquí deseamos que el estreno sea un verdadero éxito. Así, que todos al cine a ver Arriety, porque desde luego la propuesta no os va a defraudar en absoluto.

El debut en la dirección de Hiromasa Yonebayashi
Con el inapelable logro de ser el director más joven de una película de la factoría Ghibli, pues tan sólo cuenta con treinta y ocho años de edad, Hiromashi Yonebayashi, también conocido como Maro, firmó su primer trabajo para Ghibli en La Princesa Mononoke (Mononoke-Hime, 1997), donde ocupó labores de “inbetweening”, o intercalado, que es el proceso de generar marcos intermedios entre dos imágenes para dar la apariencia de que la primera imagen se desarrolla sin dificultad dentro de la segunda imagen. Los “inbetweens” son los dibujos entre fotogramas que ayudan a crear la ilusión de movimiento. Este mismo trabajo lo llevó a cabo en otros films posteriores como Jin Roh: The Wolf Brigade (Jin-Ro, 1999) y Mis Vecinos los Yamada (Hohokekyo Tonari no Yamada Kun, 1999). Con la experiencia acumulada, sus siguientes trabajos fueron como “key animation” en films como El Viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no Kamikakushi, 2001); el cortometraje Mei and the Kittenbus (Mei to Koneko Basu, 2003) y El Castillo Ambulante (Hauru no Ugoku Shiro, 2004), para pasar luego a ayudante del director de animación Goro Miyazaki en Cuentos de Terramar (Gedo Senki, 2006). Después de este más que aceptable debut en la dirección con Arriety, su siguiente proyecto también lo va a unir con el hijo del gran Hayao Miyazaki. Llevará por título From up on Poppy Hill (Kokuriko-zaka Kara, 2011), algo así como ‘desde la colina de las amapolas’, la historia de una adolescente que, tras perder a su padre y a su madre en sendos accidentes, descubrirá el amor al sentirse atraída por dos compañeros de clase, un reportero del diario de la escuela y el presidente del consejo estudiantil.

La novela
Arriety y el Mundo de los Diminutos está basada en la novela fantástica The Borrowers (algo así como ‘los que toman prestado’), publicada en 1952 por la escritora británica especializada en literatura infantil Mary Norton. No es la primera adaptación que el Studio Ghibli lleva a cabo tomando como base escritos de autores de lengua inglesa, El Castillo Ambulante es una adaptación libre de la novela del mismo título de Diana Wynne Jones y  Cuentos de Terramar estaba basada en una mezcla entre el tercer libro de la serie Terramar, la Costa Más Lejana, y el cuarto Tehanu, escritos por la norteamericana Ursula K. Le Guin. The Borrowers fue la primera de una saga de novelas a las que siguió The Borrowers Afield (1955); The Borrowers Afloat (1959); The Borrowers Aloft (1961) y The Borrowers Avenged (1982). Las andanzas de Pod, Homilia y su hija adolescente Arriety, personas diminutas que viven en los sótanos de las casas tomando pequeños utensilios “prestados” para poder sobrevivir, recibieron multitud de distinciones, destacando entre ellas la Medalla de Carnegie, galardón establecido en 1936 por The Library Association en 1936 y que se entrega anualmente al libro infantil/juvenil más destacado. En 2007, esta misma prestigiosa institución reconoció a The Borrowers como una de las novelas más importantes escritas para niños en los últimos 70 años

Al igual que ocurre en el film de Yonebayashi, el personaje de Arriety es el que mueve la mayor parte de la acción. Sus continuas y curiosas incursiones en el mundo de los seres humanos tienen como consecuencia efectos caóticos debido al egoísmo de éstos, lo que repercute en mudanzas constantes de lugar de residencia ante el temor de los padres porque algo malo vaya a ocurrir. En estos numerosos traslados será donde aparezcan nuevos y coloridos personajes que se irán añadiendo a las sucesivas novelas (en el film por ejemplo aparece Spiller el terrible, que vive a la intemperie).

Por lo que respecta a la autora de la serie, Mary Norton era hija de un médico, y se crió en una casa de estilo georgiano de la Calle Mayor en Leighton Buzzard, lugar que le inspiró para escribir sus novelas. Comenzó a escribir mientras trabajaba para la Comisión de Compras británica en Nueva York durante la Segunda Guerra Mundial. Su primer libro fue The Magic Bed Knob (El Botón de la Caja Mágica o Cómo Convertirse en una Bruja en Diez Lecciones Fáciles, publicado en 1943). Esta novela junto a Bonfires and Broomsticks sirvió a Disney de base para su película La Bruja Novata (1971). Norton murió de un ataque al corazón en Devon, Inglaterra, el 29 de Agosto de 1992.

¿Una compositora francesa para la banda sonora?
Si hay algo que en especial brilla con luz propia entre las innumerables virtudes que atesoran las producciones del Studio Ghibli es el destacadísimo apartado musical con el que cuentan siempre sus encantadoras películas, un auténtico deleite para los sentidos de sus devotos aficionados.
Si bien durante largos años hemos podido disfrutar de las obras maestras creadas por el genial compositor Joe Hisaishi (con bandas sonoras absolutamente memorables como las de El Viaje de Chihiro, La Princesa Mononoke o El Castillo Ambulante entre muchas otras), en esta ocasión Ghibli se ha inclinado por  darle un nuevo aire su nueva producción, apostando por un cambio radical de estilo en la figura de la talentosa artista francesa Cécile Corbel, gran admiradora del trabajo de Ghibli. Corbel ni corta ni perezosa envió a Ghibli su segundo disco como regalo en 2009. Al productor de la película le gustó tanto su estilo que se puso de inmediato en contacto con la artista y le encargó la partitura sonora completa del proyecto. Tanto los temas instrumentales como muy especialmente los vocales son una auténtica maravilla (con cortes tan apasionantes y cautivadores como Goodbye my Friend); una banda sonora, tan original como alejada del estilo habitual de Ghibli. Seguro que os sorprenderá muy gratamente, y que comentaremos con mayor extensión en el espacio dedicado a las bandas sonoras.

Algunas curiosidades
-La BBC se encuentra actualmente preparando una nueva adaptación en imagen real para televisión interpretada por Stephen Fry, Victoria Wood y Christopher Eccleston.
-Pero sin duda la adaptación televisiva que nuestros usuarios recordarán con más cariño es la americana Los Diminutos (The Littles), emitida en la televisión de nuestro país de 1983 a 1986 (¿quién no recuerda su pegadiza cancioncilla de entrada?). La serie fue dirigida por el prestigioso animador francés Bernard Deyries, conocido por series tan populares como Ulises 31 o Las Nuevas Aventuras de He-Man.
-En Japón, donde la película ya se estrenó el 17 de Julio del año pasado, los encargados de poner las voces originales a los distintos personajes fueron Mirai Shida (Kabe) como Arriety, Tomokazu Miura (Outrage) como Pod y Shinobu Otake (Surely Someday) como Homily.
-Aunque todavía desconocemos quiénes serán los encargados de llevar a cabo el doblaje al castellano de la película en su estreno en EEUU, previsto para el 17 de Febrero de 2012, los actores encargados serán Bridgit Mendler (Alvin y las Ardillas 2) como Arriety; Will Arnett (Jonah Hex), como Pod y Amy Poehler (Saturday Night Live) como Homily. Mientras tanto, en Inglaterra se han confirmado en estos mismos roles a Saoirse Ronan (Expiación), Mark Strong (Sherlock Holmes) y Olivia Colman (Arma Fatal). El film llegó a las carteleras inglesas el pasado 29 de Julio de 2011.
-En lo que llevamos de 2011, Arriety ya ha recibido numerosos galardones, entre ellos el Premio de la Academia japonesa a la mejor película de animación y el Premio del Público en el Nippon Connection 2011.
-Hayao Miyazaki interviene en el film en funciones de guionista y productor, labor esta última que comparte con Toshio Suzuki. Con estos padrinos el éxito estaba asegurado. Precisamente fue Miyazaki quien comenzó la etapa de desarrollo de la película en 2008. Sus planes originales incluían una duración de ochenta minutos, y el título que se barajaba por entonces era “Chiisana Arriety” (La Pequeña Arriety).
-La historia tiene lugar en 2010 en Koganei, un vecindario situado al Oeste de Tokio. Koganei es justamente el lugar donde se encuentra ubicado el Studio Ghibli.
-Siete millones y medio de personas vieron Arriety en Japón mientras se mantuvo en cartel, lo que supone el récord de todos los tiempos en este país para una película con un director debutante.

Por nuestro colaborador Francisco Nieto

lunes, 8 de agosto de 2011

Estreno en cines: 13 Asesinos, de Takashi Miike (12 de Agosto)

Año: 2010
País: Japón
Director: Takashi Miike
Duración: 126 m.
Género: Histórico / Drama / Acción
Protagonistas: Koji Yakusho, Takayuki Yamada,
Yusuke Iseya, Goro Inagaki


Takashi Miike es un director heterodoxo y camaleónico; esto no es ninguna sorpresa. A lo largo de una carrera de ritmo endiablado (80 títulos en veinte años) ha pasado por los géneros más variopintos: la comedia, el terror, el cine de gangsters o el musical. Si bien lo que le ha dotado de la aureola de autor no han sido ni su capacidad de trabajo ni su adaptabilidad, sino su visión antitópica de esos mismos géneros, que no ha tenido reparos en deformar, combinar y radicalizar, creando un cine mestizo y sorprendente, apasionante de tan extravagante, aunque su frecuente utilización de la ultraviolencia y el absurdo lo hayan condenado al frikismo. Es, seguramente, por esto que ahora nos sorprende verle detrás de un producto tan clásico como 13 Asesinos; pero no debería. La convencionalidad no es nueva en Miike, pues ya la practicó en Llamada Perdida (2003), por ejemplo. ¿Y no resulta lógico, por otro lado, que un cineasta tan promiscuo con las formas fílmicas se acueste de vez en cuando con la tradición?

El film es un remake de otro homónimo del año 1963 dirigido por Eiichi Kudo. Se trata de un jidai-geki basado en hechos históricos que traslada la acción a mediados del siglo XIX, pocos años antes de la Restauración Meiji. Más de doscientos años de paz ininterrumpida se ven amenazados por el hermano del shogun, el señor feudal Naritsugu, un hombre desquiciado y sediento de sangre que con sus crueles acciones está provocando el descontento de la población y de algunas familias nobles. Temiendo la agitación social y, en última instancia, la guerra, un oficial del gobierno se propone aplicar una drástica solución: matar a Naritsugu. Para ello, forma un grupo de samuráis (muchos de ellos ronin). Su plan consiste en atrapar al noble y su séquito en una emboscada en un pueblecito de paso.

Hasta cierto punto se trata de una de esas sencillas operaciones comerciales a las que nos tienen acostumbrados los ejecutivos cinematográficos: recuperación y puesta al día de un clásico del cine de acción para disfrute de los públicos actuales. Eso sí, tratándose de  Japón, y no de Hollywood, la copia respeta en gran medida al original, sin la voluntad de ofrecer una suerte de “versión definitiva”. Tanto es así, que por momentos diríase una simple remasterización, pero Miike se encarga de dotar al producto de personalidad propia, poniendo de su parte (esa a la que sí nos tiene acostumbrados) en las zonas más oscuras del argumento, las que tienen que ver, sobre todo, con las perversidades de Naritsugu: así, veremos la grotesca imagen (que nos remite a Freaks de Tod Browning) de una mujer cuyas extremidades y lengua han sido cercenados, o a Naritsugu olvidando sus modales en la mesa e inclinándose para comer directamente del plato como un animal (inquietante imagen, reflejo de su locura, que sólo se puede disfrutar en la versión completa del film, puesto que el montaje internacional la elimina junto con veinte minutos más de película). Al margen de estos momentos autorales que, por otro lado, potencian la expresividad del film, Miike se aplica con oficio a la tarea encomendada, y ofrece un producto técnicamente impecable, dinámico pero paciente en la resolución, y de una violencia contenida que no estalla en toda su dimensión hasta el final, en una épica batalla (¡de trece contra doscientos!) que remite, cómo no, a Kurosawa y sus siete samuráis, pero que no deja de formar parte de una tradición del género a la que, por una vez (y sin que sirva de precedente), Miike homenajea y no desmitifica.

Por nuestro colaborador Jordi Codó.

miércoles, 29 de junio de 2011

Confucio: un melodrama de época chino en que los personajes no vuelan

El estreno en nuestras salas de Confucio parece razonable y a la vez es sorprendente. Por un lado es el perfecto producto orientalista, pues su ambientación de época evoca exotismo, y narra, en forma de drama, la vida de una figura no conocida pero sí reconocible de la filosofía oriental (tan en boga en Occidente desde hace un tiempo); está además protagonizada por una estrella internacional como es Chow Yun-Fat, y su nivel técnico es alto, además de ajustar-se formalmente a las convenciones del mainstream internacional. Sin embargo, algunos de estos atributos podrían girarse también en su contra. Para empezar, Chow no está en su salsa, y el potencial público del film (muy distinto al de sus habituales heroic bloodsheds) puede que no le reconozca. También hay que decir que a pesar de su potencial atractivo para las audiencias internacionales, el tratamiento del tema parece orientado al consumo interno, pues muchas de las cuestiones que rodean al pensamiento del personaje parecen darse por sentadas. Por otro lado, resulta paradójico que un film diseñado para ser un blockbuster deba ocupar un espacio tan marginal en nuestra oferta cinematográfica.
En su país de origen, la película parecía tener el éxito asegurado, tanto por el nivel de la producción exhibido como por venir apadrinada por el propio gobierno chino, quien le allanó el terreno al retirar (por decreto) las copias de Avatar de James Cameron de todas las salas excepto las de 3D, y facilitar así la distribución del film dirigido por Hu Mei. Poco después, y a la vista de la floja asistencia a las salas donde se proyectaba Confucio, se permitió a Avatar regresar a algunos locales. Desde su misma concepción, el film se había visto enredado en polémicas: había quien criticaba la elección de Chow Yun-Fat, un ‘hombre de acción’ y hongkonés de habla cantonesa, para el papel del venerable maestro en una cinta rodada en mandarín; otros se escandalizaron al ver en un tráiler escenas en las que Confucio empleaba las artes marciales o se veía envuelto en un romance con una concubina. Finalmente, buena parte de los elementos de la discordia fueron eliminados (fuera las peleas y la love story), una decisión política detrás de la cual se intuye la mano de un gobierno poco amante de la controversia.
Aún así, Confucio sigue ofreciendo una imagen sorprendente de este famoso (aunque, insisto, poco conocido) filósofo chino. Lo cierto es que se sabe poco de su vida, y que muy pronto se mitificó y se instrumentalizó políticamente su figura. Kong Qiu (también conocido como el Maestro Kong, en chino Kong zi) nació en el siglo VI aC y era el hijo de una familia noble empobrecida. La carrera política a la cual aspiraba fue un fracaso, de manera que optó por viajar a través de los diferentes territorios chinos y visitar a los príncipes feudales para ofrecerles sus doctrinas políticas, sin demasiado éxito. Destacó en cambio como pedagogo (en su voluntad de formar a hombres de bien), consiguiendo reunir a su alrededor a un numeroso grupo de discípulos, algunos de los cuales le acompañaban en sus itinerarios. Confucio predicaba el seguimiento de las costumbres antiguas, a las cuales veía como protectoras de la harmonía social, y a cuyo olvido achacaba la belicosa situación que le había tocado vivir. Su prédica no está explorada en este film, que prefiere centrarse, primero, en su acción política (describiéndole, en contra de los textos históricos, como un gran e influyente estadista), y después, en la penosa peregrinación lejos de su hogar que casi le cuesta la vida.
Para los cuatro autores del libreto, Confucio era un santo barón poseedor de todas las virtudes, capaz de sacrificarse abandonando a su familia en búsqueda de un bien común (nacional) más alto. Centrada, pues, en el mito y definitivamente alejada de la realidad, la película viaja a la contra del revisionismo histórico posmoderno, debido sin duda a su adscripción al discurso oficial del régimen, con sus constantes referencias a la unidad cultural y política. Los breves textos que con puntualidad nos informan de la identidad de algunos de los personajes (se entiende que reales) que van apareciendo, así como de fechas y lugares señalados, pretenden incorporar un rigor que no es otra cosa que una máscara para camuflar la falsedad de lo verdaderamente significativo.
La épica de la narración se traslada también a las imágenes, tan grandilocuentes como un diseño de producción millonario (que no escatima ni en decorados ni en efectos digitales para las grandes batallas y algunos paisajes), unos pesados movimientos de cámara y una insistente música enfática (a lo El Señor de los Anillos) lo permiten. Menos heroica es su duración (unas estándar dos horas), por desgracia, ya que en el tintero quedan interesantes subtramas (referentes a los discípulos y a las cortes de los reinos), que habrían dotado de mayor variedad a su segunda parte, así como de mayor fondo cultural.
No es que Confucio sea una mala película, ni mucho menos; el problema es que nos quiere vender la moto, y no cuela. Quien no se preocupe por eso, disfrutará de lo que no deja de ser una rara avis, un melodrama de época chino en que los personajes no vuelan.

jueves, 19 de mayo de 2011

Estreno en cines: 20 de Mayo: "Una Mujer, una Pistola, y una Tienda de Fideos Chinos"

Una Mujer, una Pistola, y una Tienda de fideos Chinos de Zhang Yimou es uno de esos films que los espectadores necesitan ver. A estas alturas, este remake en clave feudal de Sangre Fácil (1984) de los hermanos Coen ya debería haber recibido todos los aplausos posibles de esas personas que admiran la ópera prima de los Coen y que hayan comprendido la sabia traslación del libreto original a tierras chinas, pues la ambición de Yimou lo ha llevado otra vez (como ya hiciera en Hero) a experimentar con la paleta de colores para proyectar una embriagadora propuesta visual. Yimou recrea la infidelidad deslocalizando la historia original en un puesto de fideos chinos del siglo XVII, lo que la convierte en un producto algo naif pero respetando el peculiar sentido del humor negro de los Coen. Una aventura ecléctica que sólo puede entenderse fruto de esa globalización bien defendida por un cineasta que en la última década nos ha sorprendido por su ingeniosa sofisticación referencial y su clara adhesión al cine comercial más refinado.

Pero hagamos historia: hace unos meses, durante la celebración del Festival de cine de Sitges, antes de entrar en el Auditorio sentía un cierto nerviosismo. ¿Zhang Yimou y los hermanos Coen en la misma sala? ¿Qué puede salir de todo esto? Un apunte: la película con la que los Coen debutaron en la gran pantalla es una de esas piezas que ha quedado en mi subconsciente... Y eso que hace exactamente 26 años que no he vuelto a visionarla.

Recordemos por un momento el argumento: Wang es un hombre pesimista, astuto y avaricioso, dueño de una tienda en la que se sirven fideos chinos en una ciudad situada en un paraje desértico de China. No hace caso de su esposa, una mujer de lengua viperina que tiene una aventura amorosa con Li, uno de los empleados de Wang. Por su parte, Li es un hombre tímido que, muy a pesar suyo, acaba guardando la pistola que su amante ha comprado para matar a su marido. Pero Wang está al tanto de todo lo que hacen. Soborna al agente de policía Zhang para matar a la pareja. Visto así, el plan es perfecto: todo se solucionará gracias a un final sangriento y cruel perfectamente satisfactorio para él. O al menos, eso piensa. Pero el malévolo Zhang tiene otra idea en la cabeza. Y según se complica la trama, correrá más sangre y la violencia será cada vez mayor…

Una vez más, Yimou nos sorprende. El mismo director explicaba los motivos que le habían llevado a rodar la película: “Me gustan todas las películas de los hermanos Coen. Hace unos 20 años, en un festival de cine, vi su primera película, Sangre Fácil, y me impresionó mucho. Siempre me acordé de esta película a pesar de no volver a verla. Un día me vino una idea: ¿Y si convertía Sangre Fácil en una historia china? Así empezó a cobrar forma Una Mujer, una Pistola, y una Tienda de fideos Chinos.  Nos sorprende por la capacidad que tiene de adaptarse al medio: en un momento haciendo una película intimista (Camino a Casa), un retablo histórico (¡Vivir!), o un wuxia (La Casa de las Dagas Voladoras). Pasando del barroquismo de La Maldición de la Flor Dorada a la cámara inquieta de la hipercinética Keep Cool o la plasticidad visual de Hero.

En Una Mujer, una Pistola, y una Tienda de fideos Chinos, Yimou nos enseña rápidamente las cartas. La primera secuencia es de una sencillez aplastante, pero digna de ser enseñada en una escuela de cine. Por colorido, por los diálogos, por el humor. Y a partir de ahí la comedia no abandonará la sala... , como si se tratara de un juego de puertas que se abren y se cierran, todo funciona con una precisión endiablada… hasta el último tercio de la cinta, previa a la resolución de la historia, donde el humor deja paso a la tragedia, cuando los personajes irán encontrando su retorcido destino, y las puertas que han ido abriéndose y cerrándose, acabarán por cerrarse en un antológico final de fiesta.

Enrique Garcelán

martes, 26 de abril de 2011

Estreno en cines: “Tokio Blues (Norwegian Wood)”. Viernes 29 de Abril

La adaptación cinematográfica de Tokio Blues (Norwegian Wood) del escritor superventas japonés Haruki Murakami es sin duda una de las películas más esperadas de este año. El libro supuso un auténtico bombazo en todo el mundo, incluido España, y puede considerarse como la puerta de entrada más popular a la hora de adentrarse en el universo tan particular del escritor. Si a esto le añadimos que Murakami siempre ha sido reacio a permitir que se adaptaran sus novelas a la gran pantalla, la cita se convierte en ineludible.

El escritor japonés no ha podido negarse ante la propuesta del vietnamita Tran Anh Hung, que nos emocionó con El Olor de la Papaya Verde o Cyclo, en un proyecto lleno de estrellas tanto en la parte técnica como en el apartado actoral, con una de las parejas de actores más populares de Japón, Kenichi Matsuyama y Rinko Kikuchi. El resultado es muy positivo, consiguiendo lo que probablemente fuera lo más difícil: trasladar esa ambientación tan personal de la novela de Murakami a la gran pantalla.

Toru Watanabe (Kenichi Matsuyama) es un joven universitario que casualmente un día se encuentra con una amiga del pasado, Naoko (Rinko Kikuchi). Ella fue la novia de su mejor amigo de la adolescencia, pero el suicidio de éste, les distanció. Comienzan entonces a recuperar su amistad perdida, pero entonces Naoko, con el recuerdo indeleble de Kizuki, su novio fallecido, tiene que ser internada en un centro. Poco después Toru conoce a Midori (Kiko Mizuhara), una compañera de clase mucho más sociable y decidida. Es entonces cuando Toru comienza a sufrir un debate interno, al no querer dejar de intimar con Naoko, con la que le une un fuerte vínculo a través de la pérdida de su amigo, pero tampoco quiere dejar escapar a una mujer tan vital como Midori.

Tokio Blues retrata ese momento en que los golpes de la vida nos hacen pasar de ser adolescentes a adultos,  además de ser un recuerdo nostálgico del primer amor, en este caso un amor difícil y doloroso ya que surge de la pérdida de un ser querido. Esta no era una adaptación fácil, trasladar al celuloide la ambientación del libro, ese sentimiento nostálgico lleno de tristeza y pérdida, pero también amor y pasión, podía dar lugar a un autentico chasco teniendo en cuenta las altas expectativas creadas tratándose de una novela tan importante. Mayor es pues el mérito de Tran Anh Hung, que consigue meternos en una historia de amor y aflicción absolutamente arrolladora, de ritmo pausado pero con una intensidad palpable, y hacerlo de una manera visualmente majestuosa, al más puro estilo de Wong Kar-Wai.

La pareja protagonista, el cada vez más deseado Kenichi Matsuyama y una de las caras más conocidas del cine japonés en Occidente, Rinko Kikuchi, están simplemente magníficos en sus respectivas partes, luciendo especialmente Kikuchi en una actuación llena de intensidad y fragilidad, tal como requería un personaje tan complejo, confundido, sensual y sensible. Matsuyama está en su línea habitual, sólido y mostrando una madurez cada vez mayor en una carrera que muestra su versatilidad y que le convierte en uno de los actores jóvenes con un futuro próximo muy prometedor. Tampoco lo hace nada mal Kiko Mizuhara, la jovencísima modelo novata en el cine que da vida con absoluta naturalidad a la jovial Midori. Queda como testimonial la actuación de otra de las caras jóvenes con más futuro del cine nipón, Kengo Kora, que interpreta brevemente a Kizuki.

El director sigue al pie de la letra la historia del libro, a excepción del punto de partida: nos ahorra la escena en la que un Toru adulto escucha en un aeropuerto, por casualidad, la canción de los Beattles que da título al libro, recordando entonces su adolescencia y su relación con Naoko y Midori. En el libro la escena representa el inicio de un gran flashback, pero en la película se ha optado por empezar directamente la historia en los años 60,  evitándonos una posible escena de Matsuyama maquillado como un cincuentón. El sentimiento nostálgico de recordar una historia dolorosa del pasado está ahí gracias a la voz en off que aparece de vez en cuando, y la canción de los Beattles suena dos veces en el film, además de algunos otros éxitos de la época. Aparte de esto, los únicos cambios que se le pueden echar en cara al director es que los personajes secundarios no tienen tanto protagonismo como en el libro, en especial Nagasawa (Tetsuyi Tasmayama), el amigo ligón universitario de la alta sociedad, y Reiko (Reika Kirishima), la compañera de habitación de Naoko en la residencia. 

La película está completamente centrada en el doble triángulo amoroso, y por lo tanto se pierde un poco del modo de vida de la época, aunque se mantienen algunas escenas de las protestas estudiantiles en la universidad en la que estudian Toru y Midori, pero son más bien testimoniales. Todos estos cambios con respecto al original son perfectamente comprensibles, puesto que la película ya se va hasta las dos horas y veinte.

Hay dos aspectos técnicos que sin duda hay que destacar, empezando por el magnífico trabajo del director de fotografía, Ping Bin Lee, que consigue que el film visualmente sea un prodigio, con una  viveza espectacular en los colores, creando imágenes simplemente maravillosas. La película luce especialmente en las escenas de exteriores, en las que la naturaleza también refleja el estado anímico de la pareja protagonista, y tiene su parte de importancia. A nivel de la ambientación de la época quizás sea un poco exagerada a la hora de mostrar que es una película ambientada en los sesenta (esas camisas psicodélicas de Toru), pero no es nada en comparación con lo maravillosamente que está rodada.

Otro apartado que hay que destacar es la música, que corre a cargo de Johnny Greenwood, el guitarrista de la banda británica Radiohead. Éste se inició en el mundo de la bandas sonoras con su magnífico trabajo en There Will Be Blood de Paul T. Anderson, y esta vez vuelve a tener una influencia fundamental, procurando una ambientación más tranquila con sus piezas de guitarra, pero sobretodo  magnificando esos sentimientos épicos de Toru y Naoko, con piezas de orquesta en que los chelos y los violines gritan y lloran por el amor y la pérdida de la pareja. Pura emoción que cuaja un binomio perfecto con lo que vemos en pantalla.

En definitiva, una gran adaptación cinematográfica del libro de Murakami que consigue captar todos los elementos de la novela: la nostalgia, la pérdida, la pasión, el amor puro y la madurez, y trasladarlos a la gran pantalla, en un film apasionante y bellísimo.

Lo mejor: Una historia de amor arrebatadora, con una factura visualmente impresionante. Rinko Kikuchi. La banda sonora.
Lo peor: Que probablemente no todo el mundo conecte con los personajes y la historia de la película.

Víctor Muñoz (El Pozo de Sadako)

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