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jueves, 22 de diciembre de 2011

The Yellow Sea: Estreno en España el 5 de Enero de 2012

Cuando se estrenó The Chaser (2008), la ópera prima de Na Hong-jin, pareció algo más que otro de los buenos thrillers a los que nos tiene acostumbrados la cinematografía surcoreana (quizás sea en este género donde Corea de Sur ha tenido más influencia en el panorama fílmico internacional [1], si bien su idiosincrasia parece difícilmente imitable de manera íntegra en otros contextos culturales y de producción). Más allá de su firme pulso narrativo y brillantez técnica, destacaba por una apuesta estética arriesgada, como es la de no conceder refugio a la audiencia en una obra oscura y furiosa (retrato de un submundo espeluznante en pleno corazón urbano, o sea, civilizatorio), inestabilizando todo asidero moral y negándose a reconfortar en su cierre. Se habló entonces del gran talento de Na; y éste vino a confirmarse dos años después (la película nos llega, para no perder la costumbre, con retraso, pero celebremos que sea relativamente poco ¡y que venga en pantalla grande!). The Yellow Sea sigue en esta línea (roja), además de plantear un tema delicado y olvidado como es el de la precaria situación de los exiliados de Corea del Norte, tanto en la vecina del sur como en China, sus dos destinos habituales.

Durante las dos primeras partes de las cuatro en las que quiere dividirse esta película, se nos cuenta la terrible realidad de un norcoreano residente en China, Gu-nam (Ha Jung-woo), quien después de pedir dinero prestado a unos mafiosos para que su mujer pueda emigrar a Corea del Sur, se encuentra con que ésta no da señales de vida ni le envía el dinero necesario para pagar la deuda, mientras se ve amenazado por los usureros y a punto de perder su trabajo de taxista. Desesperado, acepta una oferta que solventará sus problemas económicos, además de permitirle viajar a Corea donde, tal vez, pueda reencontrar a su esposa; a cambio sólo tiene que hacer una cosa: matar a un hombre. Durante el viaje y la estancia en su media patria, conocerá la patética situación de otros inmigrantes del Norte, condenados a la pobreza, la marginalidad y la explotación. Hasta aquí, la atención de la obra está puesta en el drama humano, y el retrato de personajes y ambientes (sucios y descoloridos a través del tratamiento de la imagen) lleva la voz cantante de la narración. El film, sin embargo, se distingue a simple vista de otras producciones con similar planteamiento temático por medio del estilo. El director actúa, especialmente a través del montaje (elíptico y algo sincopado), sobre el tempo, dotándolo de un dinamismo que es ajeno al cine de raigambre social al uso. La continuidad de esta técnica permite que el film no se rompa cuando, a partir del intento de asesinato por parte de Gu-nam de su objetivo, dé un giro decisivo hacia el género. Un género que viene marcado, además de por el frenesí rítmico, por una violencia que transita de lo crudo a lo cómico conforme se torna hiperbólica. Esta hiperviolencia, que una vez estalla será irrefrenable, sin duda dará que hablar (y ahuyentará a muchos espectadores), como ya sucedió con la de I Saw the Devil (Encontré al Diablo) (2010) de Kim Ji-woon; pero lo lógico sería aceptarla como una figura de estilo de un cineasta, un género y una cinematografía que han convertido el sufrimiento de la carne (y su estilización) en un hecho diferencial.

La cosa tiene su lógica. La crueldad del film plantea un doble reto al espectador del que la película saca provecho en términos de discurso: por un lado cuantifica su aguante ante imágenes agresivas, no solo por su sadismo estremecedoramente explícito, sino también por su proximidad emocional (si bien ya he dicho que hacia el final se aplica cierta distancia irónica que suaviza su impacto), y con ello sigue expandiendo los límites de la representación visual del cine (más o menos) mainstream; y por otro, problematiza la identificación con los hechos y su protagonista, víctima y verdugo a un tiempo, hombre de bajos fondos capaz de sacrificarse pero también de matar (aunque sea a regañadientes) para sobrevivir. Hay que decir que esto, que ya ocurriera con The Chaser (si bien Joong-ho (Kim Yun-seok), el personaje principal de aquélla, exhibía una moralidad aún más cuestionable), no es patrimonio exclusivo de las cintas de Na Hong-jin, sino una característica habitual de los más perfectos ejemplos del thriller surcoreano contemporáneo, con la conocida Memories of Murder (Bong Joon-ho, 2003) a la cabeza. Como escribiera Roberto Cueto, desde Corea se ha recuperado “esa ambigüedad perdida para el género en un Occidente obsesionado por la corrección política, [poniendo] en un brete a los espectadores acostumbrados a ser manipulados en la dirección adecuada” [2].

The Yellow Sea, pues, es un desafío. Un film que si no inventa nada, sí que lleva al límite propuestas formales atrevidas. Y, salvo algún que otro desajuste de la trama, lo hace a través de un dominio absoluto de la expresividad del lenguaje (fílmico).

Lo mejor: Son dos películas en una pero no se nota.
Lo peor: Algún agujero negro del argumento.

Por nuestro colaborador Jordi Codó


[1] Spike Lee está trabajando en un remake de Oldboy (Park Chan-wook, 2003) (!)
[2] “Un nuevo cine para una nueva realidad (… o las películas coreanas que los coreanos quieren ver)”, en Elena, Alberto (ed.): Seul Express. La renovación del cine coreano (1997-2004). Madrid: T & B Editores, 2004, pg. 40

jueves, 10 de noviembre de 2011

Sitges 2011: Tormented 3D (Japón, 2011)

País: Japón
Año: 2011
Director: Takashi Shimizu
Con: Teruyuki Kagawa, Hikari Mitsushima,
Tamaki Ogawa, Nao Ohmori 
Género: Terror

Debo reconocer que he ido con mucha reticencia a esta proyección, pues el último experimento 3D de Shimizu, Shock Laberynth Extreme, resultó muy fallido. Como decíamos en la pasada edición del Festival de Sitges, ni fue un "shock", ni tenía "laberynth", y mucho menos era "extreme". Pero en esta ocasión ha salvado un poco el desaguisado anterior. 

No voy a decir que pasé miedo, pero si un niño de entre 8 y 14 años ve este film, estoy seguro de que lo pasará mal, e incluso el conejo de peluche, que para mí resulta casi absurdo todo el tiempo, le causará un trauma. Es decir, quizá no esté dentro del target de esta película, pero le reconozco aspectos positivos y atmósferas resultonas.

En casi todo lo positivo que le atribuyo a Tormented, y diría que tiene mucho que ver con Christopher Doyle, el director de fotografía, que cuenta en su currículum ni más ni menos que con Deseando Amar y 2046 de Wong Kar-Wai, y Hero de Zhang YimouDoyle, además de ser un gran fotógrafo, ha sabido jugar con las tres dimensiones y ha hecho de ellas un punto a favor, no como el resto de títulos 3D que hemos visto durante el Festival de Sitges de este año, que finalmente he terminado viendo incluso sin gafas (Twixt de Coppola, o Hara Kiri de Miike, por ejemplo).

Ya sabemos qué tipo de terror le va a Takashi Shimizu, y es que casi nos hizo aborrecerlo con tantas versiones de Ju-on, La Maldición, El Grito... un terror psicológico y de fantasmas que funcionó muy bien hasta que se pasó de moda, e hizo que el terrorífico efecto que causó en todos nosotros Sadako en The Ring, pasara a no afectarnos. Pero afortunadamente, ya ha dejado atrás esa tendencia y ahora se ha obsesionado por el mundo de la imaginación, de las alucinaciones y de los traumas que generan trastornos psiquiátricos. Todo esto flota en Tormented, y sin querer pasarse de dramático juega bien algunas bazas del terror, que aunque por momentos sea algo infantil, cuenta también con secuencias efectivas y consigue el aprobado.

Lo mejor: Por fin se aprovecha un poco el 3D, aunque sea estéticamente.
Lo peor: Siendo un niño la hubiera disfrutado mucho más.

Por nuestro colaborador Óscar Sueiro

Sitges 2011: Sector 7 (Corea del Sur, 2011)

País: Corea del Sur
Año: 2011
Director: Kim Ji-hun
Con: Ha Ji-won, Ahn Sung-kee,
Oh Ji-ho, Cha Ae-ryeon.
Género: Acción-Terror


"Es como Alien, pero en una plataforma petrolífera en Corea." Parece probable que esta frase haya servido para vender el proyecto de Sector 7 a lo largo de las diferentes fases de su producción, desde los pitchings iniciales hasta la comunicación con el espectador. Lo que no resulta tan claro es si quienes la hayan pronunciado y escuchado han sido conscientes de lo reduccionista y engañoso de semejante exposición. Porque, efectivamente, Sector 7 mantiene un parecido razonable con aquel clásico moderno de la sci-fi en lo que a su argumento se refiere: un grupo de individuos se hayan atrapados y aislados en un recinto mientras son acechados por un monstruo maligno. Pero no olvidemos que la trama de Alien era, quizás, el aspecto más flojo de su conjunto, y desde luego no el que le dio fama, pues constituía básicamente una recuperación (casi un plagio) de los clichés del cine de terror y ciencia-ficción de los años 50 (Carlos Aguilar dixit). La cinta dirigida por Ridley Scott, en cambio, sobresalía por su capacidad para generar tensión a través de la atmósfera y la dosificación de los momentos de impacto, así como limitando la visualización de los elementos terroríficos (por no hablar de su genial diseño de producción y efectos especiales).

Nada de ello se atisba en Sector 7, una película burda que su director Kim Ji-hun (responsable de la más sustanciosa pero igual de artificial May 18) es incapaz de rescatar de las garras de un guión banal y por momentos ridículo. Incluso sus costosos efectos digitales desmerecen, por sus pobres texturas y falta de viveza, al lado de la fisicidad casi tangible de la criatura creada por H.G. Giger. Sin embargo, podrá ser recordada por tratarse de la primera producción en 3D coreana (si es que eso le va a importar a alguien dentro de unos años), y por otorgar el protagonismo de una historia de acción y supervivencia a una mujer (dudoso honor que recae en Ha Ji-won, quien ya se moviera al ritmo de las artes marciales en Duelist), algo a lo que estábamos acostumbrados en el caso de las cinematografías china y japonesa, por ejemplo, pero no de la coreana.

Por nuestro colaborador Jordi Codó

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Sitges 2011: Shaolin (China, 2011)

Año: 2011
País: Hong Kong - China
Director: Benny Chan
Duración: 131 minutos
Género: artes marciales
Interpretes: Andy Lau, Nicholas Tse,
Jackie Chan, Fan Bingbing y Jacky Wu

Olvidaos de la trilogía de Shaolin Temple protagonizada por Jet li y sus múltiples subproductos, falsas continuaciones y sucedáneos varios, pues esta nueva representación fílmica entorno a las enseñazas y hábitos de los monjes del templo budista más popular de la China, ha sido dirigida por uno de los mejores especialistas en cine de acción contemporáneo que la máquina de sueños de la ex-colonia británica tiene hoy en día entre sus afiliados: Benny Chan, un amante del blockbuster de consumo ocioso que en sí mismo podría aglutinar el dinamismo talentoso de Michael Bay y la visión corporativa de Jerry Bruckheimer. Pero Chan no disponía del presupuesto que estos dos mandamases de Hollywood consiguen en un abrir y cerrar de ojos, por lo que se tuvieron que buscar  inversores chinos con el fin de conseguir los 29 millones de dólares presupuestados inicialmente (formando un régimen de co-producción establecido desde hace un lustro con la Maindland): Emperor Motion Picture, China Film Group, los Huayi Brothers (los de Detective Dee de Tsui Hark) y hasta el propio departamento cultural del Sagrado Templo de Shaolin contribuyeron a la causa; pusieron toda la carne en el asador para poder conseguir el capital suficiente para poner en marcha la compleja logística que implicaba un ambicioso filme de estas características. Y es que con respecto al reparto tampoco quisieron quedarse cortos: Andy Lau, Nicholas Tse, Jackie Chan (en un rol muy secundario, de cocinero marcial), Fan Bingbing (modelo de la marca Renault) y Jacky Wu (actor marcial algo infravalorado, visto en Legendary Assassin o la reivindicable y defenestrada al pozo del olvido Fatal Contact). Todo un elenco de estrellitas algo veteranas participan en este impactante filme de artes marciales puro y duro, en el que destaca por encima de todo las impresionantes labores de recreación del templo original.

Pero, ¿qué puede ofrecernos esta enésima reconstrucción de las tortuosas sesiones de entrenamiento de los monjes que no hayamos visto con anterioridad en los últimos 30 años? ¿Más demostraciones de wu shu y kung fu rodadas en planos estáticos mientras intentamos diferenciar a los personajes centrales que, por culpa de los mismos peinados, se parecen unos a los otros? ¿Acaso un biopic realista de las sabidurías marciales que se practican en las distintas instalaciones de este consagrado templo, que en el año 2010 fue considerado  Patrimonio de la Humanidad? La respuesta la encontraréis en las dos horas y pico que ha necesitado Benny Chan para mostrar un poco la trayectoria del templo desde que se consolidó como respetado centro marcial, aunque ya avanzamos que no se trata de un filme convencional de artes marciales, pues para aportar algo de novedad al conjunto, ha introducido algunos elementos históricos externos (poco familiares para los espectadores de ultramar) y reforzar así una trama que se focaliza principalmente en ese período de entreguerras en las que se disputaban ciudades a blandazos y se unificaban territorios a golpe de bayoneta. Unos acontecimientos históricos que se dan por entendidos y que para el público foráneo pueden resultar complicados de relacionar (razón de más para aventurarnos a leer novela histórica china traducida al español, que de títulos abundan).

En todo caso, Chan se sirve de la historia milenaria de su país para ofrecer un thriller marcial que arranca cuando el general Hou Jie (Andy Lau desbocado) invade las instalaciones del templo mientras persigue a un enemigo del que no se apiada ni delante de los monjes. Su despotismo no tiene freno ni con los suyos, y al surgir discrepancias con su hermano (¿por qué va tan de cool Nicholas Tse?) por la manera de comerciar con los bárbaros extranjeros que empiezan a poner los pies en los territorios interiores de la China profunda, abre un conflicto familiar que termina con la conspiración de su hermano contra él, el asesinato de su hija pequeña y el exilio y posterior confinamiento obligado al templo Shaolin. Allí, y como un protegido más, decide dar un tumbo a su vida, poniéndose al servicio de un rígido instructor marcial (inmenso Jacky Wu) para intentar encontrar una vía de escape a su resentimiento. Pero pronto su hermano de guerras hallará su paradero, iniciando junto con los invasores extranjeros una guerra para conquistar toda la zona anexada a Shaolin. Armas de fuego contra sabiduría y fe budista. Varios serán los combates épicos que culminarán en un choque de fuerzas desestabilizadoras del ying y el yang.

Un gran evento para visionar en pantalla grande, esto empieza a quedar evidenciado. Y lo es porque detrás de las cámaras hay un gran hombre que sabe lo que quieren los productores y lo que les puede ofrecer. Dicho en otras palabras, Chan siempre utiliza la misma narración porque desde el primer día en que tomó una cámara y afrontó él solito una producción a sus espaldas le ha funcionado (consideremos como tal la imprescindible A Moment of Romance). Esto se resume en: una prolongada introducción en la que, además de presentar a los personajes centrales, ya los utiliza para situarlos en algún meollo con el que sorprender el espectador (arranque en mitad de un conflicto bélico, presentación de los poderes fácticos que dominan al pueblo y primeras reyertas entre compañeros de guerras); un consistente nudo en el que plantea varios caminos o soluciones a los conflictos que estamos presenciando (indicio de conspiración, despojamiento de todos los bienes del general, huida al templo y redención); y finalmente dos clímax finales (en este caso asalto nocturno y secuestro del respetado maestro unido a su rescate en la inmediata secuencia posterior y batalla final). Una fórmula apreciable en otros filmes de su autor (sí, digámoslo ya, aunque no ruede largometrajes ascéticos en los que no sucede nada, es un autor porque ha firmado siete libretos), como la adrenalínica Invisible Target (2007).

Hay muchas escenas y secuencias que por sí solas pagan, y que unidas conforman esta epopeya marcial en mayúsculas. Y es que contiene momentos impagables, por ejemplo, cuando el personaje que interpreta Andy Lau acepta que lo ha perdido todo y, para no renunciar a su dignidad, decide afrontar la redención rapándose al cero e ingresando a las órdenes de los shaolines. Tal vez éste sea el momento clave del filme, el momento que cierra la primera parte: se abandona la parte más bélica para centrarse a destilar de forma ligera la filosofía que aguarda en los confines del templo. Pero también hay otros momentos de pura acción que merecen ser destacados, como la huida nocturna en carro por unas montañas rocosas (y de la que no podemos desvelar nada más) o la traición cruzada en la cena donde se forja el conflicto entre los tres grandes soberanos de la región. E incluso podemos mencionar algún que otro plano concreto cómico como el que protagoniza un Jackie Chan cocinero y en el que usando sus habilidades ‘culinarias’ inserta a un enemigo en un gran wok. Y todo esto no sería posible si entre bambalinas Benny Chan no hubiera contado con un increíble equipo artístico: entre los pesos pesados, Alan Yuen (uno de sus guionistas con los que colabora asiduamente y encargado de la puesta en escena), el respetado Corey Yuen (en tareas de coordinación de los stunts) y Anthony Pun (encargado de la fotografía, como en otros filmes de Chan).

En definitiva, que si el año pasado Teddy Chan nos sorprendía con Bodyguards and Assassins por su elaboradísima reconstrucción de los conflictos que asolaron el Hong Kong de principio del siglo XX, parece que ahora Shaolin toma el relevo del blockbuster perfeccionista para rescatar el templo más famoso de China, magnificándolo si cabe aún más en una superproducción Maindland que contentará a los seguidores del género y a los que hasta ahora han dado la espalda a una de las cinematografías más importantes del mundo.

LO MEJOR: Atrezzo, las piruetas marciales y la secuencia situada en el segundo clímax final justo al momento que empieza a desmoronarse parte del templo.
LO PEOR: La banda sonora de Nicolas Errera, repleta de clichés y sonoridades recicladas de otros soundtracks, no reafirman la acción en su justa medida.

Por nuestro colaborador Eduard Terrades Vicens

martes, 8 de noviembre de 2011

Japan Madness-Sitges 2011: Tomie: Unlimited (Japón, 2011)

Año: 2011
País: Japón
Director: Noboru Iguchi
Duración: 83 minutos
Género: terror descafeinado
Interpretes: Moe Arai, Maiko Kawakami,
Miu Nakamura, Kôichi Ôhori

Junji Ito nunca podría imaginarse que uno de sus mangas más famosos se convertiría en una rentable saga cinematográfica que abarca hasta nueve producciones de dudosa calidad artística. Y es que el cómic original tampoco es ninguna maravilla, por lo tanto sus adaptaciones fílmicas en general siempre han sido algo mediocres (con la excepción de Tomie: Re-birth, dirigida por Takashi Shimizu, y aunque parezca mentira también cuenta con muchos detractores). Ahora Noboru Iguchi, el énfant terrible del gore japonés en su variante más gamberra, nos presenta una nueva vuelta de tuerca al inmortal personaje femenino de extraña belleza anoréxica, y en la que no escatima ni en hemoglobina barata ni en momentos desagradables que pueden provocar las náuseas al más desprevenido. Pero conociendo al realizador, a uno no le extraña según qué actitudes sangrientas, ni tampoco debería sorprender algún que otro momento hentai (y es que la cara de pervertido de Iguchi ya paga). Pero centrándonos en el personaje en cuestión: si a estas alturas aún no conocéis el poder maquiavélico de Tomie, os diremos que se trata de una adolescente de cuerpo estilizado que escampa el odio por divertimento, provocando la muerte y la destrucción a su alrededor mediante insinuaciones sexuales o métodos hipnotizadores. La peculiaridad básica es que siempre termina troceada por alguien que no ha podido soportar sus maniqueos juegos o que termina poseído por su infernal influjo homicida. Pero imitando a Jason Voorhees siempre vuelve a la vida para seguir inflingiendo dolor a aquellos que la han repudiado. Vamos, la chica con la que no te recomendamos que ni te cases ni te embarques.

Para la ocasión, y siguiendo un poco la línea temporal del manga original, figura que es la hermana de una muchacha que tiene ciertos favoritismos familiares, y éstos aumentan cuando Tomie muere en un trágico accidente al desprenderse unas vigas de las obras contiguas al instituto en el que estudian. Pero cuando la familia celebra el primer año sin su presencia, ésta regresa con intenciones hostiles: maltrata a su hermana, distanciándola de un posible ligue, sodomiza a sus padres y posee literalmente a su mejor amiga. Y todo porque pretende unirse físicamente y mentalmente a su hermana. Obviamente esta obsesión enfermiza dejará en su paso una procesión de cadáveres de la que seremos testigos de forma continuada. Además veremos cómo el cuerpo de Tomie muta a distintas formas peculiares (como la maceta Tomie o los makis con lengua asesina). Una función ‘granguiñolesca’ en la que Iguchi ejerce como maestro de pista, y que a pesar de sus impactantes efectos visuales artesanales (con alguna que otra ayuda de los digitales), termina provocando más la carcajada que no el terror de por ejemplo las versiones que en el pasado ofreció Ataru Oikawa sobre el personaje. Eso no quita algún que otro momento de mal rollo provocado por la asquerosidad del bicho amorfo al que se enfrenta la protagonista. En este aspecto, destaca la persecución por los pasillos del instituto, unos pasillos oscuros en los que la sufridora protagonista debe combatir a una monstruosa malformación perpetrada por Tomie en el cuerpo de su mejor amiga, y cuya risa en forma de chillidos extremadamente agudos terminan poniendo nervioso al pobre espectador. Si superáis esta secuencia extremadamente prolongada sin devolver las palomitas que os habéis estado zampando para sufragar el tedio generalizado que provocan los primeros 40 minutos de metraje, seréis capaces de aguantar hasta el repeloso clímax final situado en los interiores de la vivienda familiar (no recomendable para los que tengan fobia a los bichitos e insectos con múltiples patas).

Es evidente que no podemos dar el beneplácito a esta nueva incursión al macabro mundo de Tomie, pues parece que Iguchi no se tome en serio el material original. Pero también es cierto que el personaje está más que explotado: intentar proseguir con sus traperías sanguinolentas es como pretender persistir en la extinta saga de Ju-on. Tomie es un personaje que no puede reinventarse porque las aventuras originales ya de por sí eran muy limitadas. Y es que de las poco más de 400 páginas de las que consta el cómic se han realizado ya nueve adaptaciones entre cine, televisión y V-Cinema (y esperaros, que coming soon: los productores atacarán con la décima…).

Aún siendo consciente de que el terror nipón minimalista ha gastado sus últimos cartuchos, Iguchi ha sido valiente al combinar el horror puro y duro con la comedia más tosca, pero por desgracia no ha sabido mezclar la fórmula de forma equilibrada, siendo el resultado final un largometraje muy irregular en su conjunto y del que difícilmente volveremos a darle una segunda oportunidad. Una lástima, pues los fans del fantástico que fliparon con The Machine Girl se llevarán una desagradable sorpresa. Y es que Tomie ya no tiene fuerzas para resucitar, sus últimos suspiros deberían quedar enterrados en esta desvergonzada producción destinada a destrozarla, como ella hace con todas sus víctimas y por ende con todos nosotros.

LO MEJOR: Que dure menos de 90 minutos y ver troceada a una de las insoportables idols de la banda de chicas AKB48.
LO PEOR: La mala combinación entre comedia y terror.  

Por nuestro colaborador Eduard Terrades Vicens

Japan Madness-Sitges 2011: Yakuza Weapon (Japón, 2011)

Dirección: Tak Sakaguchi
y Yudai Yamaguchi
País: Japón
Año: 2011

Después de haber visto varios títulos de la productora Sushi Typhon, tengo claro que es un sello a seguir y una constante del Festival de Sitges, ya que nos ofrece en cada película todo lo que podemos pedir (sobre todo por las noches): acción, humor, historias delirantes y un ‘poco’ de gore. Y si sigue la evolución que ha tenido hasta ahora, cada año nos dará mayores alegrías.

Yakuza Weapon, es quizás, el film más completo de la joven pero prolífica productora. Sin perder ese punto desquiciado que los caracteriza, pulen su estilo, su planificación, sus efectos especiales y su humor con cada nuevo film. Y el que nos ocupa tiene un poco de todo lo mencionado. Además, cuenta delante y detrás de las cámaras con el carismático Tak Sakaguchi, que se dio a conocer a lo grande con Versus, de Riuhei Kitamura. En esta ocasión encarna al yakuza más chulo y descarado de la historia, que cómo no, es una máquina de matar, ya sea con armas o con sus puños.

Hasta aquí podría tratarse de cualquier película nipona, pero si os digo que al protagonista, después de ser acribillado, le sustituyen un brazo por una ametralladora, y que puede abrir su rodilla para lanzar misiles, ya cambia la cosa, ahora sí que estamos ante una locura más de la Suhi Typhon. 

Lo mejor del caso, es que además de que funciona como película de acción trepidante y absolutamente loca e inverosímil, funciona como comedia. Al menos yo me lo pasé en grande. Bueno, y diría que el resto de los asistentes a la maratón Japan Madness también, que aguantaron como campeones hasta las 8:00h de la mañana. 

En fin, no sólo una más, sino una de las mejores, sino la mejor de la factoría japonesa.

Lo mejor: Tak Sakaguchi, me declaro fan.
Lo peor: Diría que en España no las veremos editadas ni por asomo.

Por nuestro colaborador Óscar Sueiro

lunes, 7 de noviembre de 2011

Japan Madness-Sitges 2011: Ninja Kids!!! (Japón, 2011)

Año: 2011
País: Japón.
Director: Takashi Miike
Duración: 100 m.
Género: Comedia
Protagonistas: Seishiro Kato, Futa Kimura,
Roi Hayashi, Mikijiro Hira, Arata Furuta, Koji
Más información:

Sinopsis: Rantaro es un niño de 8 años que ha nacido en una familia ninja de clase baja. Sus padres esperan que un día se convierta en un ninja de élite para poder sentirse orgullosos, por lo que lo matriculan en una escuela de ninjas jóvenes. Mientras está allí se hace amigo de Shibe, el hijo de un rico comerciante y de Kirimaru, un huérfano que perdió a sus padres durante la guerra. Juntos, Rantaro y sus compañeros, quienes son llamados los "Huevos Ninja" se verán envueltos en varias desventuras involucrando a profesores, estudiantes de más edad y ninjas rivales del Castillo Dokutake, con los que se medirán en una competición en la que el primero que gane una carrera alcanzará el máximo honor.

Crítica:
La vasta filmografía del hasta ahora considerado “enfant terrible” del cine japonés le ha llevado a intentar satisfacer a públicos de todas las edades, y así, mientras colmaba las expectativas adultas con trabajos ultraviolentos como Ichi the Killer o Crows Zero, a su vez  contentaba  a los más tiernos infantes con títulos como La Gran Guerra Yokai o la más reciente Yatterman, vista en el Festival de Cine de Sitges hace un par de años. Este 2011, para no ser menos, Miike ha estrenado Hara-Kiri: Death of a Samurai, su primera película rodada en tres dimensiones que presentó con críticas divididas en el pasado Festival de Cannes, y el film infantil Ninja Kids. Mientras el primer título representa el paso a la madurez de un realizador que parece haber abandonado su vertiente más radical en pos de un cine más autoral, el segundo supone un auténtico desparrame kitsch donde adapta a la gran pantalla el conocido anime de Sobel Amako Ninja Boy Rantaro (Rakudol Ninja Rantaro), serie que en su día fue emitida en España en algunas televisiones autonómicas.

El héroe de la función es un niño con gafas de culo de botella que ingresa en el primer curso de la academia ninja para aprender las distintas artes de estos valerosos guerreros. La trama, bastante insustancial, se vertebra en las continuas lecciones sobre supervivencia y técnicas especiales impartidas por los profesores más variopintos y disparatados, las relaciones que se establecen entre los alumnos de todos los cursos, ataviados con kimonos de colores a cual más chillón, y la rivalidad existente con otro grupo de ninjas (los malvados de la película), a los que podríamos definir como profesionales, con los que mediará una descacharrante competición en forma de carrera que enfrentará a veteranos y noveles en pos de conseguir el mayor reconocimiento. El humor surrealista, difícil de descifrar por los menos avezados en la materia, campa a sus anchas unido a cierto afán por el chiste escatológico y el gag visual. Hay momentos afortunados que invitan a la carcajada más atronadora, sobre todo aquéllos que tienen como protagonista a un maestro que aparece en escena rompiendo literalmente los decorados de la película, para explicarnos de manera harto ilustrada las posibilidades de cada una de las armas que se están empleando en la acción. En el debe del film indicar que el conjunto se resiente de una alarmante falta de ritmo y de un trabajo de maquillaje demasiado rudimentario (esas pelotas que quieren parecer chichones). Con todo, el film divierte, es un canto a la amistad (los personajes de Shimbei y Kirimaru, amigos inseparables del protagonista son irresistibles) y los niños japoneses se lo tienen que haber pasado bomba viendo las peripecias de estos críos metidos a aprendices de guerreros. No hay que perderse los títulos de crédito finales, con imágenes del rodaje del film y una pegadiza canción del grupo NYC Boys.

Lo mejor: La etapa de aprendizaje hasta que llegan las vacaciones de verano.
Lo peor: Que en el film no aparezca Hem-Hem, el perro del director de la Academia.

De nuestro colaborador Francisco Nieto

Japan Madness-Sitges 2011: Karate Robo Zaborgar (Japón, 2011)

Director: Noboru Iguchi
Protagonizada por: Itsuji Itao, Asami,
Akira Emoto.
País: Japón. Año: 2011
Género: Acción, Comedia, Ciencia Ficción.
Duración: 101 minutos.

Viniendo de la mano de Noboru Iguchi y la productora Sushi Typhon (Mutant Girls Squad, RoboGeisha…), lo primero que me pregunté fue: ¿dónde se han dejado el gore?, pero en pocos minutos me di cuenta de que en esta ocasión habían adoptado un tono mucho más blanco. Eso sí, el delirio y el ritmo loco que los caracteriza siguen estando ahí. Karate Robo Zaborgar no es exactamente un remake, pero está basado en una serie de televisión de 1974: Denjin Zaboga. Para los que no hayáis visto ni el tráiler, haceos una idea pensando en cómo sería mezclar a los Power Rangers, con Godzilla  y con Sargento Kabukiman de la Troma. Todo ello en tono de comedia slapstick.
Viendo imágenes de la serie televisiva original, me sorprende mucho, y para bien, la fidelidad que le han tenido en cuanto a la dirección artística, el vestuario, el diseño de personajes, etc. Me parece fantástico el trabajo de adaptación que pasa inevitablemente por el uso de los efectos digitales, pero que aún así conserva gran parte del romanticismo de los años setenta y ochenta. Lo que no entiendo muy bien, es por qué aún siendo cutres e ingenuas, les tengo ese aprecio… No hace falta ser muy mayor para darse cuenta de que los Power Rangers eran lamentables, creo que de niños en su día éramos conscientes de ello, pero de todos modos, algo de ese mundillo, el mundo del tokusatsu japonés, me roba el corazón.

Algo que considero muy destacable es la música. Consiguen transmitir épica, aventuras y emoción que casi me obligan a comprar la banda sonora. Está lejos de las composiciones del mainstream hollywoodiense, pero si habéis seguido siempre el cine, las series y anime nipón, os pondrá los pelos de punta.

Para finalizar, y siguiendo con mi manía de no contar sinopsis ni destripar absolutamente nada del desarrollo del film, solamente recomendaré que la veáis en una maratón nocturna, la proyección será una fiesta.

Lo mejor: La liga de la risa (ya lo veréis).
Lo peor: Estas propuestas locas rara vez llegan a nuestro país.

Por nuestro colaborador Óscar Sueiro

miércoles, 26 de octubre de 2011

Revenge: a Love Story (Hong Kong, 2010)

Probablemente una de las mejores películas salidas de Hong Kong en el último par de años, Revenge: a Love Story ofrece mucho más de lo que se puede esperar de la CAT III al uso: parte drama, parte thriller sangriento, pero sobretodo mucha emoción y un estilo visual de primera categoría es lo que hace que este título sea un imprescindible, especialmente para los seguidores del cine de HK que tan pocas alegrías se llevan últimamente.

Una serie de crímenes extremadamente crueles comienzan a sacudir la ciudad: dos mujeres embarazadas relacionadas con oficiales de policía son asesinadas, y su feto extraído y dejado al lado para que muera. El principal sospechoso es atrapado rápidamente: resulta ser Kit, un joven que en los interrogatorios destapa una historia de venganza. Ahí retrocederemos al pasado, donde Kit, un simple vendedor callejero, comienza a sentir algo por Wing, una joven estudiante que padece un ligero retraso mental, y que es cuidada por su abuela.

Esta es la segunda producción de 852 Films, la compañía de Josie Ho y Conroy Chan después del slasher de Pang Ho-Cheung Dream Home, que continúa dando vida al cine de HK con este drama violento, un thriller sangriento que con muy buenos argumentos se convierte en una CAT III de auténtico lujo. La trama se cimenta en una historia de amor que se convierte en una de venganza, con aires de slasher pero ambientación noir, y con mucha solidez, llenando poco a poco los huecos de la historia a través de flashbacks que relatan la parte más interesante de la misma (los inicios de la relación de la pareja), y que muestran cómo los personajes eran muy diferentes antes de los hechos traumáticos.

Uno de los cebos para atraer al público puede ser la presencia de la ex AV (Adult Video) star Sora Aoi, que después de películas como Big Tits Zombie o Evil Nurse 2, sube un poquito su listón en un papel en el que no es que llegue a demostrar mucho más, pero cumple, aunque sea sin pretenderlo, como joven con un cierto retraso mental de apariencia ida. Sin duda, el cambio de idioma es un impedimento para ella, y le da aún más aire de perdida, cosa que favorece a su papel, en el que le hacen el favor de no darle demasiadas líneas de diálogo. El que está realmente muy bien es Juno Mak, cantante de pop y por lo que se ve amante del cine sangriento: de su puño y letra viene la historia de la película, aunque le dejara la tarea de escribir el guión a alguien con más experiencia como el director Wong Ching-Po. Su interpretación es sensacional, si bien al principio le vemos un poco pasado de vueltas. A la que comienzan los flashbacks su parte es mucho más comedida y con buenos detalles. Un gran trabajo que ya le ha llevado a ganar algún merecido premio.

Wong Ching-Po dirige la que seguramente sea su película más sobria y en conjunto bastante superior tanto a Ah Sou (también conocida como Mob Sister), como a Jiang Hu, la película de triadas con Andy Lau y Jacky Cheung, visualmente interesantes, pero mucho más irregulares. A destacar también la fotografía de Jimmy Wong, con colores azulados, muy fría pero visualmente magnífica, jugando constantemente con las sombras, un trabajo sensacional.

Así pues, Revenge, a Love Story es una de las propuestas más duras y serias del panorama cinematográfico en Hong Kong que se aleja (por suerte para nosotros) del modelo de cine actual en HK, siempre con vistas a la taquilla en la China continental. Este es cine del de siempre, arriesgado, emocionante, escandalosamente sangriento, pero con una historia y personajes interesantes. Una rareza que hace volver, aunque sea momentáneamente, a la variedad de propuestas que siempre ha sido una constante en el cine de HK.

De nuestro colaborador Víctor Muñoz (El Pozo de Sadako)

The Yellow Sea (Corea, 2011)

Durante las dos primeras partes de las cuatro en las que quiere dividirse esta película, se nos cuenta la terrible realidad de un norcoreano residente en China, Gu-nam, quien después de pedir dinero prestado a unos mafiosos para que su mujer pueda emigrar a Corea del Sur, se encuentra con que ésta no da señales de vida ni le envía el dinero necesario para pagar la deuda, mientras se ve amenazado por los usureros y a punto de perder su trabajo de taxista. Desesperado, acepta una oferta que solventará sus problemas económicos, además de permitirle viajar a Corea donde, tal vez, pueda reencontrar a su esposa; a cambio sólo tiene que hacer una cosa: matar a un hombre. Durante el viaje y la estancia en su ‘mediapatria’, conocerá la patética situación de otros inmigrantes del Norte, condenados a la pobreza, la marginalidad y la explotación. Hasta aquí, la atención de la obra está puesta en el drama humano sin concesiones, y el retrato de personajes y ambientes (sucios y descoloridos a través del tratamiento de la imagen) lleva la voz cantante de la narración. El film, sin embargo, se distingue a simple vista de otras producciones con similar planteamiento temático por medio del estilo. El director Na Hong-jin (que debutó explosivamente hace tres años con el thriller The Chaser) actúa, especialmente a través del montaje (elíptico y algo sincopado), sobre el tempo, dotándolo de un dinamismo que es ajeno al cine de raigambre social al uso. La continuidad de esta técnica permite que el film no se rompa cuando, a partir del intento de asesinato por parte de Gu-nam de su objetivo, dé un giro decisivo hacia el género. Un género que viene marcado, además de por el frenesí rítmico, por una violencia que transita de lo crudo a lo cómico conforme se torna hiperbólica. Esta hiperviolencia, que una vez estalla será irrefrenable, sin duda dará que hablar (y ahuyentará a muchos espectadores), como ya sucedió con la de I Saw the Devil (Encontré al Diablo) de Kim Ji-woon; pero lo lógico sería aceptarla como una figura de estilo de un cineasta, un género y una cinematografía que han convertido el sufrimiento de la carne (y su estilización) en un hecho diferencial.

Por nuestro colaborador Jordi Codó

Underwater Love (Japón, 2011)

No es habitual que un pinku eiga, una película erótica japonesa, tenga la repercusión mediática que ha tenido la producción germano-japonesa Underwater Love. Los días dorados del género hace tiempo que quedaron atrás, y aunque su producción de películas sigue funcionando, no llegan tan fácilmente a tener un pase en un festival respetado. La clave de todo esto es un nombre, el de Christopher Doyle. Desde que se supo que el director de fotografía colaborador habitual de Wong Kar-Wai iba a encargarse de ese apartado en esta película, las novedades sobre el estado del film aparecían continuamente. Si a esto le añadimos el factor que supone que se trate de un musical con banda sonora del grupo alemán Stereo Total, y que lo protagoniza un kappa (un monstruo tradicional japonés, con caparazón de tortuga) caracterizado por los efectos de Yoshihiro "Tokyo Gore Police"  Nishimura, es normal que el público comience a sentirse atraído por este divertimento erótico-musical.

Asuka parece que tiene la vida resuelta, con su trabajo en una empresa de pescado, y su próxima boda con su prometido, su jefe. Pero un día, caminando por la ribera del río, ve a un kappa, una criatura legendaria en forma humana, pero con pico de ave y caparazón de tortuga. No solo eso, sino que lo reconoce: se trata de Aoki, un antiguo compañero del colegio, que se hundió en ese río a los 17 años. Asuka decide esconder a Aoki del resto -especialmente de su novio- y comienza a tener dudas sobre su futuro.

Está claro que ésta no es una película en absoluto convencional: un film supuestamente erótico (sexo hay) con un kappa por protagonista, otros personajes de lo más curiosos, y entre medio números musicales con bailes más o menos graciosos. Pero para ser tan poco convencional, se las ingenia muy bien para divertir al espectador: tener una historia que aunque sea bizarra está bien estructurada, y aunque falle en el propósito de "encender motores" eróticamente hablando, el film es una propuesta de lo más interesante; verla resulta ser desde luego toda una experiencia. El punto de partida es descabellado, y más que se vuelve según avanza la historia, pero el sustrato no dejan de ser los sentimientos, la inseguridad de la protagonista cuando vuelve un fantasma del pasado, aunque sea en forma de kappa. El director Shinji Imaoka se las arregla para que la película tenga una trama dramática y romántico-sexual, pero convertida en comedia musical, y que funcione. Es curioso cómo consigue que uno se acabe tomando medianamente en serio los sentimientos de un kappa, pero así es.

La fotografía de Christopher Doyle no luce como en otras ocasiones, lógicamente, la película no tiene demasiado presupuesto y el rodaje duró cinco días y medio, además de contar sólo con una toma posible: todo tenía que salir a la primera. Teniendo en cuenta eso, Doyle hace un buen trabajo, dándole su toque personal de colores pastel a la película, que luce especialmente en las escenas con verde de por medio. El otro elemento importante son las canciones de Stereo Total, que cantan en japonés todas ellas. Las letras suelen ser simples y la música pegadiza, y de alguna manera logra encajar perfectamente con el espíritu ‘naif’ de la protagonista, y en cierta manera de la cinta. Pero seguramente el elemento que más pueda sorprender es el de los efectos especiales de Yoshihiro Nishimura. La caracterización del kappa no esconde el poco presupuesto de la película, y consigue ser simpática y chapucera al mismo tiempo: pero se guarda el "arma secreta" (nunca mejor dicho, ya veréis), para las escenas más subidas de tono. Provoca una sonrisa sí, o sí.

Shinji Imaoka es, seguramente junto a Takahisa Zeze, de los directores más respetados por la crítica dentro de los que se mantienen haciendo pinku eiga, y viendo Underwater Love está claro que es un excelente director, y que el hecho de que haya escenas de sexo más explícitas de lo habitual en el cine comercial japonés (que rayan la nada, el nivel de esta película sería una "S") no implica que su calidad sea en absoluto menor.

Underwater Love es simplemente perfecta para una divertida sesión de medianoche.

Por nuestros colaboradores de El Pozo de Sadako